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Archive for August, 2017

Hoy me he enterado de la muerte del Padre Francis. Todos sabemos que un día moriremos, pero hay personas que uno cree, como viviendo una ilusión, que jamás lo harán. ¿Por qué esa ilusión? Porque deseamos que quienes son mucho mejores que nosotros sigan siempre vivos, porque son irrepetibles, porque son ejemplo. Y lo son, así no comulguemos con todo lo que creen e invitan a creer con amor y generosidad. Es por eso que, aún no creemos que el Padre Francis haya muerto. Pero sabemos, eso sí con seguridad, que toda su vida no fue sino la preparación para ese día final que ha llegado, preparación diaria que es el modelo de la vida benedictina. Porque es que el silencio benedictino habla claramente del silencio de la muerte. Francis va ya hacia el destino que escogió y ejemplificó.

Pero claro, no es tan ilusorio pensar que el Padre Francis no ha muerto. No, no lo es. Porque, en primer lugar, ahora aparecen noticias de su fallecimiento en las primeras páginas de todos los diarios capitalinos. ¿Más famoso para dónde? Y uno se imagina al Padre Francis riéndose desde los cielos de su fama porque es bien obvio que para el Padre Francis esa fama, esos aplausos, serían de muchísima menor importancia. Y eso es así porque la vida benedictina que nos enseñó no vive del reconocimiento público, y mucho menos del aplauso de los medios. Y si no me cree, sólo mire el look y “style” del Padre. ¡Úselo para una fiesta, a ver cómo le va! Pero, sea como fuere, esa fama nos permite mantener viva la ilusión de que no ha muerto. Así sea sólo momentáneamente. Sonreímos entre lágrimas.

Pero obviamente vive él de otra manera más poderosa y cercana, así nos haya dejado para siempre. Él vive porque hay cientos de exalumnos del CSC que no podrán olvidar su presencia, como tampoco los familiares y allegados de quienes somos sus exalumnos. Menos aún sus profesores/as. Ser sancarlista es algo particular; eso se lo debemos al Padre Francis y, en gran medida, a nadie más.  No más en mi familia, hemos sido cuatro —en diferentes generaciones— los que hemos pasado por las aulas  abiertas de esta institución reconocida. Y es que ninguno de nosotros exalumnos olvidará la sotana negra, ninguno olvidará esas gafas, ninguno olvidará su deambular por los corredores del CSC. Muchos, imagino, recordarán, largas charlas. Imposible olvidar su presencia: al principio con cierto temor de niños, luego con la total admiración de hombres. Y más que eso, no se olvidará jamás la convicción de un amor por Dios que es sano, natural y decidido. Y para eso más que palabras, mejor recordar sus “alborotadas” y extáticas tocatas del órgano del colegio en las misas principales. A tono personal, el también  profesor católico Charles Taylor, quien también nos enseñó mucho, habla mucho del poder de Bach. Sólo gracias a esas tocatas del Padre Francis pude entender a qué se refería. Dios hecho sonido por manos humanas. Conmovedor.

Pero claro, yo sólo puedo dar fe de mis recuerdos propios como exalumno; uno entre tantísimos.  Y estos recuerdos son de una muy alta particularidad. Seré lo más breve posible.

Cuando alguien parte de entre nosotros los vivientes, debemos intentar recordar y agradecer lo que esas personas nos dieron para vivir mejor, para desarrollarnos como seres, así terminemos en orillas muy diferentes por diferentes razones. En mi caso hay muchas cosas para decir. Pero debo resaltar al menos cuatro:

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