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Archive for February, 1993

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CAMINANTE NO HAY CAMINO,

SOLO EL CAMINO A TALPA

QUE PADECEMOS AL ANDAR

Nadie en la Biblia, en particular en el Antiguo Testamento, padece la voluntad de Dios como lo hace Job. Infortunado por designio divino sufre la muerte de sus criados, la pérdida de su cuantiosa propiedad, el asesinato de sus hijos e hijas, y además es hecho preso de una sarna maligna enviada por Satanás como prueba a su fe en el Dios Jehová (Job, 1,2). Es él quien antes de confesarse pecador por soberbio —– acción que le posibilita recuperar su propiedad y bienestar perdidos —— maldice incluso el día en que nació. En un apartado este doliente dice a Dios estas desgarradoras palabras:


Mi carne está vestida de gusanos, y de costras de polvo;

Mi piel hendida y abominable.

Y mis días fueron más veloces que la lanzadera

del tejedor,

Y fenecieron sin esperanza.

Acuérdate que mi vida es un soplo,

Y que mis ojos no volverán a ver el bien.

Los ojos de los que me ven, no me verán más;

Fijarás en mí tus ojos,

Y dejaré de ser. (Job, 7, 5-8)


Juan Rulfo en su breve cuento “Talpa”, uno de los que conforman El llano en llamas, recupera muchas de estas ideas en el contexto latinoamericano contemporáneo. Miremos más de cerca dicho cuento misterioso y desgarrado regido por la carga de la letra ‘T’; la letra del crucifijo que cuelga sobre los delicados cuellos de muchos y muchas.


La visión judeocristiana del universo permea todos los bienes y prácticas nuestras como latinoamericanos en particular, y como occidentales en general. Así no comulguemos con las doctrinas de la Iglesia Católica, y tampoco estemos completamente de acuerdo con sus prácticas, es incuestionable que su marca en nuestra cultura, en nuestras prácticas cotidianas, es inmensa e innegable. Nuestro referente temporal siempre es Cristo cuya fecha de nacimiento se ha convertido en eje de nuestra temporalidad histórica. Es así como al hablar de los griegos, por ejemplo, los ubicamos de manera dantesca en un periodo anterior al nacimiento de Cristo, los siglos a.C. Respetar e intentar comprender esta tradición cristiana en la que nosotros —–querámoslo o no ——- somos, evidentemente involucra un enfrentarnos con nuestra propia realidad, con nuestra propia cruz. Nietzsche sabe bien de la necesidad de este enfrentamiento, él lo asume como pocos escritores lo han hecho. Desviémonos una vez más para ver cual es el problema en cuestión.


Talpa, Tanilo, Natalia, todos nombres cruciales del cuento de Juan Rulfo “Talpa”. La extraña letra ‘T’ palpita por entre sus trazos; los gobierna. La letra ‘T’ es la letra de la cruz, y cada personaje y espacio de la obra carga con su propia cruz desde su mismo nombramiento por el autor. Incluso la misma división estructural del cuento en cinco partes, la tercera de las cuales abre al lector al camino de Talpa, nos recuerda en su simetría y mediana prolongación una cruz compartida.

En una famosa canción Serrat, nos canta, siguiendo un poema de Machado, que no hay camino, sino que hacemos camino al andar. Para Rulfo, en este breve cuento, por el contrario lo que en efecto no hay son posibles caminos por recorrer con bifurcaciones y desvíos intermitentes. No, existe en la tradición católica un único camino, el camino de Talpa; a saber, el camino de la peregrinación en la que reconocemos nuestra pecaminosa naturaleza y la necesareidad del perdón divino. Y recordemos que el peregrinar es el viajar por el extranjero; es que efectivamente el católico no es de este mundo, este mundo no es sino un mundo extraño que recorre hacia el mundo del más allá.


Natalia y su enfermo esposo, llamado Tanilo, recorren junto con el hermano de Tanilo (el narrador sin nombre) el camino hacia Talpa. Talpa, lugar de peregrinación a la virgen misericordiosa del mismo nombre. Pero si bien el camino tendrá su fin para Tanilo. los otros dos protagonistas serán condenados a recorrerlo —– ya no tanto físicamente sino espiritualmente —– en el infinito remordimiento que les corroe el alma. La culpa y el remordimiento permea todos los ámbitos del cuento. Este lo abren las largas e incontenibles lágrimas de Natalia quien a su regreso de Talpa llora, “como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.” (Rulfo, T, 168). Pero nos preguntamos, ¿a qué se debe este llanto desmedido como catarata de sentimientos ocultos? ¿Acaso llora ella su reciente viudez? No, llora ella no por su viudez sino por haber deseado vehementemente esa viudez conseguida.


La narración del hermano anónimo de Tanilo es en su totalidad una confesión. La confesión es el diálogo que conoce el catolicismo y que tiene su más clara ejemplificación en Las confesiones de San Agustín. Es esta una práctica cuyo eje es el constante revelar a mi superior espiritual la compleja interioridad de mi alma para purgarla de toda maldad que la agobie; sobretodo limpiarla de males carnales pensados y, peor aún, actuados. Pero lo paradójico es que este narrador rulfiano no se confiesa frente a un sacerdote, en lo oscuro de una parroquia silenciosa; no, él lo hace frente a todo el universo de lectores posibles, lectores que sabemos, así no vayamos a tales parroquias, de la necesidad del continuo confesar dentro de nuestra cultura. Es esto cierto hasta el punto que Foucault señala que el ser humano occidental se ha convertido en un animal confesional (Foucault, THS, p. 60). El narrador en su relato contado comienza el recorrido de su paz por el camino de Talpa:


“Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría caminar, pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando en acabar con él para siempre. Eso hicimos. “ (ibid. 169)


El confesar la certeza de su crimen es el camino hacia la reconciliación del hermano de Tanilo consigo mismo y con su Dios. Revelándonos la atrocidad de su crimen se abre él a la posibilidad del arrepentimiento y del perdón, el único tipo de redención que conoce el católico.


A Tanilo —– y que apellido el suyo, ‘Santos’ —– el destino divino le ha enviado, como a un Job moderno, una prueba para comprobar la veracidad de su fe. Padece él una incurable enfermedad que le carcome los miembros frágiles de su cuerpo; maldita enfermedad que le corroe no desde fuera,, sino desde sus propias más internas entrañas. Lo que alguna vez fue cuerpo de ser humano estaba ahora compuesto de “llagas por donde no salía nada de sangre y si una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua pesada” (ibid. 169). Estaba su corporeidad “llena por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos.” (ibid. 174). Para la tradición católica el cuerpo es la fuente de todo pecado en tanto que su terrenalidad encarna las pasiones contaminantes. El cuerpo de Tanilo es el cuerpo católico llevado al extremos de su infecciosidad. Sin embargo Tanilo tiene fe en su Dios todopoderoso y bondadoso cuyos planes, así parezcan terriblemente injustos y dolorosos, siempre tiene una razón de ser, un fin preciso.


Creer es tener fe; la racionalidad no podrá ayudar a Tanilo a comprender su situación enfermiza. Ser fiel es tener esperanza en aquello que motiva nuestra fidelidad incondicional. En su esperanza Tanilo espera el fin de esta prueba divina; espera él que en su peregrinación hacia la virgen de Talpa se le de la gracia divina que le permita encontrar la redención de este mal corporal que él no ha escogido voluntariamente. Esperanza tiene él en la pureza de María, madre de Cristo.

La Virgen María, símbolo de la pureza del cuerpo y del alma, puente siempre abierto entre los seres humanos y Dios, modelo de las mujeres latinoamericanas. Mujer ella que sabía “lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido” (ibid. 169). Virgen a la que el párroco de Talpa invoca recordándonos su infinita benevolencia:

“La que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, esta aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma, y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante.” (ibid., 176)


Virgen en quien Tanilo cifra toda esperanza de curación, de limpieza y de nuevo comienzo.


Enfermedad corporal es la de Tanilo, él no ha podido elegirla; en cambio es un enfermedad del alma la que eligen libremente Natalia y su hermano. La pecaminosidad de la cual son ellos objeto, surge de la insaciabilidad de sus pasiones que en medio de la muerte de Tanilo se encuentran, entregándose a sus excesos pecaminosos. Son las piernas de Natalia aquellas que habían estado “solas desde hacia tiempo”. (ibid., 169) Exceso de excesos para los católicos, el adulterio. Cometer adulterio es el quebrantar el sacramento divino e indisoluble del matrimonio católico. Es este el pecado de pecados que en el caso de Natalia y su amante multiplica su pecaminosidad por el deseo vivo de realizarlo llevando a Tanilo mártir hacia su muerte. Eliminar la sangre de su sangre: “algo que no podemos entender ahora, pero entonces lo queríamos. Me acuerdo muy bien” (ibid., 170)

Ahora ya no comprenden ellos los motivos escondidos de su acción, pero el recuerdo de haber en un momento anterior comprendido, y además de haber querido actuar como lo hicieron, hace que, por ejemplo, Natalia “no ve(a) ya nada”, sino el fantasma de su esposo muerto. Ve ella sólo culpa, ve ella tan solo el camino de perdición como posible redención. Está ella llamada a recorrer el camino que Tanilo ya ha recorrido siguiendo el camino de las estaciones de la crucifixión de Jesús. Ella lo camina una vez más en su interioridad, padeciendo a cada paso de concientización, su infidelidad. Su interioridad la carcome lenta y agudamente.


El tercer apartado del cuento de Rulfo se alarga como eje central de una cruz que es este camino a Talpa. Recorrerlo les ha tomado en términos puramente temporales desde mediados de febrero, hasta finales de marzo. Pero este recorrido espacio temporal local de los personajes del cuento es el universal recorrer esperanzador de todo creyente peregrino; recorrido por el camino en el que a la soberbia se enfrenta al arrepentimiento, la penitencia y la humildad en el amor de Dios.


De una luminosidad agobiante, este camino en su calurosa claridad destella como una corona angelical: “teníamos que esperar a la noche para poder descansar del sol, y de aquella luz blanca del camino” (ibid., 172). Pero en el recorrer la luz blanca que es este camino los caminantes como rebaño desplazan la claridad con sus pesados pasos polvorientos: “y arriba de esta tierra estaba el espacio vacío, sin nubes, solo el polvo, pero el polvo no da ninguna sombra” (ibid., 172). La sequedad polvorienta lo cubre todo; se cubre el camino del mismo polvo con el que en el Miércoles de Ceniza los católicos se marcan recordándose como han surgido del polvo y al polvo volverán luego de su recorrido por este valle del exilio. El polvo invade con su grisáceo tono mortal —— y paradójicamente para Nietzsche el tono de la genealogía es el gris (Niet, GdM, Prólogo, #7) —– todo ámbito: “el cielo siempre gris como una mancha gris, y pesaba que nos aplastaba a todos desde arriba (ibid, 173).


Solo en el fresco de la oscura noche los caminantes se pueden refrescar momentáneamente; Natalia y el hermano de Tanilo se refrescan en la liquidez compartida de sus cuerpos entregados al amor erótico; no al ‘agape’, es decir, al amor cristiano. El recorrido del día es el agobiante y caluroso, fatigante y sudoroso, recorrer del católico por este mundo que es un valle de lágrimas; recordemos que nuestra palabra ‘inmundo’ con su connotación puramente negativa quiere decir también, ‘en el mundo’. La noche es la oscuridad de la muerte como tránsito necesario hacia la ciudad divina y la vida eterna en comunidad con Dios. El camino a Talpa es el caminar por la vida del católico latinoamericano:


“Algún día llegará la noche. En eso pensábamos, llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravezarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Los que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos” (ibid., 173)


Recorriendo este cambio hacia la noche eterna llega por fin Tanilo a Talpa. Su cuerpo peregrino a duras penas ha resistido el viaje; su cuerpo ya no es el de un humano sino el de una cosa animada desfigurada e irreconocible. Su cuerpo era “aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaban en el aire, al pasar, un olor agrio de animal muerto” (ibid., 175). En la penitencia ha abierto Tanilo a la Virgen lo infeccioso de su corporeidad. En medio del baile y la oración del párroco surge de ese animal como muerto, que es Tanilo, una gran lágrima que pareciera no compartir la infecciosidad de todos sus otros humores corporales. En su aparente pureza esta gota cae “apagándole la vela que Natalia le había puesto en sus manos” (ibid., 176). Esas velas que inundan con su frágil y tenue luz la oscuridad pacífica de iglesias sin fin. Nuestra vida para los católicos es como un vela cuya cambiante textura hace que unas se consuman más rápido que otras, y además cuya luz débil está siempre abierta a la posibilidad de corrientes de aire divino que acaben con ella. Apagando su propia vela de vida, grita su rezo de redención y rendición Tanilo a la Virgen de Talpa. Pero como dice su hermano, “no le valió de nada, se murió de todas maneras” (ibid., 176). Muere Tanilo en su cuerpo putrefacto que había sido llamado a la descomposición mucho antes de ser realmente enterrado. Muere él sin recibir el alivio del abrazo virginal que le desaparezca sus dolores aquí, en esta tierra. Muere él sin correr la suerte de Job. Enterrado es Tanilo por las manos manchadas y sudorosas —- pero de un sudor muy diferente —– de su esposa Natalia, y su pecaminoso hermano anónimo. Viven ellos desde ese momento en el recuerdo repetitivo de su oscura relación adultera. Son ellos enterradores que en su acción han enterrado bajo el polvo su propia felicidad. Para ellos comienza ahora sí el recorrido hacia una nueva Virgen de Talpa más allá de Talpa y de Tanilo mismos:


“Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte; que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No se para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo” (ibid., 177)


Natalia y su amante no podrán olvidar pues el pecado resurge constantemente en el recuerdo. Recordando su culpa retornarán ellos indefinidamente hacia su acto pecaminoso hasta que algún día confiesen su acto para que suplicando el perdón, sean liberados del eterno retorno de la culpabilidad. ¿Cómo? Gracias al influjo misterioso de la gracia divina.


Y nosotros, que hemos leído este cuento, lo hemos podido comprender ya que somos un poco como ese anónimo que lo recuenta; también nosotros estamos marcados por la ‘T’.

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